A las ocho de la mañana Ulises abre el Bar; lleva el caldo para la botana, puede ser de res, pollo o cerdo, depende del estado de ánimo de la cocinera. Antes de que suban la cortina ya se sienta en la banca banquetera Rogelio, con sus cien pesos para dos guamas y la nalga lista para pasar horas sobre la silla. Ulises prende el televisor y los cuatro ventiladores. Es domingo, el futbol italiano está por iniciar. Llegan Horacio y René con una ligera resaca del día anterior. Piden cervezas oscuras. A los diez minutos llega Don Toño preguntando de qué es el caldo porque huele rico, mientras saluda a los parroquianos y se sienta donde siempre.
Para las nueve de la mañana, ya hay seis clientes sobre la barra y otros tantos en las mesas. La gran mayoría charla de mesa a barra, de barra a mesa, y de mesa a mesa. Se conocen, ya sea por ser vecinos, ya porque son bohemios asiduos al Bar. Un hombre, desde la acera, voltea al interior de la cantina, se detiene y vuelve a caminar… se le ve de regreso, titubea su andar y desaparece. René se da cuenta de la acción y comenta. –Ese güey no sabe si va o viene. –Se vuelve a asomar, entra con desconfianza, se acerca a la barra y pregunta que cuánto cuesta la cerveza clara mientras observa al Matalote hacer un preparado.
–Veinticinco pesos.
–¿Qué lleva eso?
–Es una sangría, va con vodka, vino tinto, jarabe, agua mineral y limón.
–Dame una de favor.

Se sienta en uno de los bancos en la barra volteando alrededor, todos lo ven a discreción, nunca lo habían visto. Debe tener como cuarenta y cinco años. Lleva mezclilla con botas negras con una playera blanca que muestra un ancla roja en el frente. Se ve nervioso. Le entregan la sangría, y la consume de dos tragos. Pide otra. La televisión da por terminado el partido de la liga italiana. Se levanta La Pancha, el taxista con gusto musical setentero, pone en la rocola Baby come back. El intruso voltea con añoranza a escuchar la canción. Permanece estático con la mirada clavada en el ventilador de techo. Cuando la melodía termina, toma la sangría y de un trago la desaparece. Va al baño. Al regresar pide la cuenta, paga y se queda viendo la tele ya sin audio.
Aparece el Carnalito con ganas de jugar cartas, de inmediato se forma el cuarteto e inicia la partida de Siete y medio. El intruso se levanta para acercarse a la rocola a escuchar Dust in the Wind de Kansas. Mantiene los ojos cerrados y algo balbucea. Regresa a la barra y pide una cerveza clara. Le ofrecen botana, la rechaza moviendo la cabeza; solicita le cambien un billete para la música. Se dirige con cordialidad hacia La Pancha, algo le dice y le da las monedas. Se escucha Stand by me con John Lennon. Intruso pide la segunda chela y la bebe como si acabara de llegar de trabajar bajo el sol. Busca a Ulises, le pide que se acerque.

–Esas rolas me gustan un buen, son de la década en que nací, pero las conozco por mi padre. Me recuerda mi boda en el noventa y ocho… –René golpea el envase de su cerveza con el encendedor para hacer la presentación parsimoniosa del gran poeta Horacio, nacido en Tlacotalpan, hijo adoptivo de Coatzacoalcos, mejor conocido como El Arpa. Este se pone de pie para recitar una de sus famosas creaciones que todos aprecian en el Bar, a excepción del viejo Tinoco que las odia, su razón tendrá:
La potranca que amansé,
otro la anda montando,
muchos reparos le aguanté
cuando la andaba amansando.
Un día con otro se fue,
de la vida anda gozando,
a mis amigos les pregunté
¿qué tal la estaría pasando?
Si cuando la rienda le solté
alegre se fue trotando.
La audiencia aplaude con entusiasmo, aunque lo han escuchado varias veces. Intruso queda gratamente sorprendido. Se acerca a Horacio para felicitarlo y decirle algo sobre los amores perdidos. Regresa a la barra, se queda viendo la repisa con su variedad de bebidas. La Pancha, que está atento a la situación, dice en voz baja:
–Lo voy a poner más sentimental. –Comienza El triste en su interpretación más célebre con José José. Intrusose curvea en el banco frente a la barra para pedir un tequila reposado… el caballito se llena frente a la humedad de su mirada… se lo termina acompañado de limón mientras disfruta el final del video del Festival OTI de 1970. Pide otro tequila y la cuenta. Paga sin demora. Don Toño se incorpora al Siete y medio, requiriendo como siempre, que se le explique alguna regla que ha olvidado. Rogelio sigue solo, observando los pormenores. El Matalote se hace el simpático para que le rellenen su vaso con chela. Intruso se pone de pie, estira los brazos y pide un havana con hielo, Ulises le dice:
–Por mí te lo sirvo, pero creo que te vas a empedar, llévatela más tranquilo…
–No te preocupes, lo que pasa es que… tú no sabes… pero… es que… mi esposa, mi mujer… ¡chingaos! mi vieja me dejó.
Y soltó el llanto cual Magdalena. Como la música había cesado y la plática era discreta, la voz de Intruso resonó en el salón. Se hizo un silencio de tres segundos, las risas, comentarios y bromas rebotaron después.
–Por eso, ni todo el amor ni todo el dinero.
–La mía era…, mejor que se fue.
–Diviértete, ahora eres libre.
–Consíguete otra y punto.

El Carnalito y el Matalote se burlan del infortunado, los demás dan consejos o comentan anécdotas personales como víctimas o victimarios. Don Toño había permanecido tranquilo sin opinar, pero al escuchar una burla hiriente, levanta la voz para hacerse escuchar. –Lo que nos cuenta el joven, sí, para mí es joven porque tengo 75 años; es digno de respeto y no merece burla, sino comprensión. ¡Se los digo a todos! ¡Que levante la mano sin mentir!, ¡que alce la mano el que nunca, nunca, ha llorado por una mujer! –El silencio no se hizo esperar. Jóvenes y viejos pasearon la mirada por todo el local esperando que alguien dijera yo–. Nadie. O mejor dicho ¡todos!, hemos llorado por alguna mujer, no sé si valió la pena o no, pero lo hicimos. Tampoco importan los motivos, por lo tanto…
–Pues yo sólo cuando murió mi madre… –Comenta Rogelio.
–Es una mujer, claro que cuenta.
–Bueno amigo, ¿y eso cuándo fue, apenas? –Dice Ulises.
–Hoy un año… –Enjugándose las lágrimas.
–Escuchen –dice don Toño–, apenas tiene un año…
–No señor –ataja Intruso–, hoy se cumple un año más.
–¿Pues cuándo fue entonces? –Pregunta alguien.
–Hoy se cumplen, veinticinco años, pero aún me duele…
–¿Cuántos años?
Las carcajadas inundan el salón. Todos se mueven de lugar ya por la risa, la tos, el ir al baño o pedir directo en la barra un trago. Don Toño ve a Intruso con resentimiento; Rogelio vuelve al anonimato; la baraja continúa su baile; Horacio recibe una luz de inspiración y se pone a escribir en una servilleta; René se ríe con gusto; Ulises y Matalotesiguen metiendo cerveza a los congeladores; La Pancha pone más música en la rocola… Mientras, Intruso ve con melancolía a su eterna amada a través del hielo con ron, en este domingo de aniversario.
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