Instinto

Hoy tuvimos una excelente reunión, pude conversar con mis mejores amigos y conocer a otros más. Siempre es grato escuchar las ocurrencias de Arturo, añade ese toque agradable a la plática con la palabra o frase que rompe con lo sensato y provoca hilaridad, es difícil aburrirse con él. Sentir la presencia de Laura, su aroma a mujer hermosa es placentero; los varones, en corto, me dicen que es la menos agraciada del grupo, pero para mí es la más hermosa. Al estar junto a ella se disfruta la pulcritud y ese suave perfume que te transporta a respirar la brisa del campo. Su voz, es como si un pequeño jilguero cantara suavemente al oído. Habla poco, pero cuando lo hace, todo mundo guarda silencio; es una mujer inteligente. Sí lo sé, me gusta, y estoy un poquito enamorado.

Ayer me habló Lalo para recordarme la reunión. Él era el anfitrión de la velada, la venía planeando desde hace tres meses. Cada cien días hacemos el esfuerzo por reunirnos los amigochos -como nos gusta llamarnos- y los extras (parejas, amigos, o hijos del que guste llevar).

Desde que se separó, Carmen nos ha presentado a siete novios en los últimos tres años, siempre nos cuentan cómo se conocieron, lo mucho que se quieren y sus planes; debo reconocer que son historias interesantes. De todos ellos recuerdo en particular a Jaime, un hombre con respiración agitada, y que hablaba comúnmente con algo en la boca, siempre olía a queso, chicharrón prensado o a cebolla. Lo odiaba. Lo bueno que Carmen lo desechó y adquirió a César. Sin duda él era alto, su voz grave me daba la impresión que venía del mismo techo, aun cuando estábamos a la mesa. Su plática era amena y tenía el don de tratar de incluir a todos en la conversación. Buen tipo, pero a los cien días, ya estaba Juan Pablo de relevo.

Antier me levanté mal y de malas. En la víspera me pasé de mi acostumbrada dosis de whisky, así que los muebles no los dejé donde mi memoria sabe -menos después de cantar con Freddy Mercury y bailar con Juan Gabriel-. Así que cuando por fin me levanté, entré al baño para pisar la pasta de dientes y encontrar con las yemas mi cepillo bajo el lavabo. Para no chocar con la provisional disposición mobiliaria mientras buscaba el control de la tele, anduve a gatas como en un campo minado, recogiendo lo que encontraba, clasificando con las manos entre basura y objetos fuera de su lugar; acomodando de paso los muebles. Encontré el control, al levantarme me golpeé con el sillón el dedo chiquito del pie -obvio-, trajo ese dolor que sube por la pantorrilla y que se aloja un rato en la nalga. Horrible. Acomodé todo -según mis sentidos- antes que llegara Susana a romper mi soledad.

Ella es la mujer que me ayuda desde que era niño. Indistintamente lleva algo nuevo que oler, escuchar, acariciar o saborear: flores, telas, dulce, menta, pastel, reloj, peluche, música. Una vez trajo un zorrillo; nos reímos como locos cuando se orinó el animalito, ella corría por todos lados mientras yo me aferraba al respaldo del sofá imaginándome la escena; el olor quedó por días. Susi me enseñó a caminar por las calles, por lo menos a la tienda, al mercado y a la lavandería por las rutas menos difíciles, que no accesibles -nunca falta el que guarda su carro sobre la banqueta-; me enseñó a asearme, vestir, así como explicarme ante la falta de imágenes, lo que significa feo, bonito, futbol, televisión, blanco, negro, y lo más difícil, bondad, ternura, compasión, sinceridad, lealtad…

Gracias a ella escuché de pequeño un cuento semanal, que después se convirtieron en novelas completas por dos o tres días. Suspenso, comedia, ciencia ficción, romance, terror, policíaca… Ahora escribe en la computadora las historias que le voy dictando, y en solidaridad -lo sé- la gente compra mis libros. Sigo adelante gracias al apoyo de Susana. Ella evitó -cuando era adolescente-, el suicidio que pretendía con la pistola que mi padre guardaba en la mesa de noche; mientras él y mi madre viajaban por el mundo, otra vez, sin mí. Susi ya prepara a su sustituta, porque a su edad, merece retirarse.

Hace veinte años escuché a la víctima de un bombazo terrorista en Europa. Dijo que su madre perdió ambas piernas y él, un brazo y un pie. Su madre le dijo: Esto es lo que tenemos para vivir… y vamos a vivir. Desde entonces, no lloro por mí; le agradezco a la vida porque escucho, saboreo, disfruto olores, siento el calor, el frío, el viento; puedo bailar, tocar guitarra, cantar; tengo amigos, está conmigo Susana, mis libros y -sobre todo- tengo las llamadas o visitas semanales de Laura que, con solo escucharla, percibo su aroma de mujer hermosa.

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