
Toda mi vida he vivido en esta casa del siglo XIX en el centro de Cuernavaca, ubicada muy cerca del Jardín Borda, lugar donde paseaba Maximiliano de Habsburgo con su familia. Mi vieja casa tiene seis recámaras, dos enormes estancias, una cocina con horno de leña que todavía funciona, una capilla, además del amplio patio y jardín. Ahora que vivo solo, la casa es un laberinto que conozco en cada recoveco. La instalación eléctrica tiene mil defectos, por lo que la vivienda de noche es lúgubre. Sus altos techos y el clima de otoño, hacen del lugar un sitio frío. El enorme patio tiene gran cantidad de lugares para esconderse; no es raro ver a un mapache paseando. Las arañas hacen telaraña sobre telaraña en cada rincón. Ya me acostumbré a observar cerca de la jacaranda a la víbora ratonera que persigue a los pequeños roedores que tienen su madriguera junto al ciruelo del fondo del jardín. A escasos veinte metros están las tres tumbas, ahí están enterrados mis bisabuelos, don Rómulo Amezcua y doña Gabriela Torreblanca; además de mi pequeño tío abuelo Jacinto, su lápida es la única que tiene inscripción: Con todo nuestro amor. (1884-1893).
Cuentan que después de construir la casa, los bisabuelos y sus dos hijos, Jacinto y la bebé Matilde, disfrutaron la casa con la familia y amigos en agradables reuniones. Don Rómulo tocaba la guitarra y Gabriela cantaba canciones de moda en español y en francés. Los invitados disfrutaban las veladas. De día todo era normalidad. Pero también sabían que cuando los invitados se iban y las cinco personas de servicio se retiraban a su vivienda a descansar; se escuchaban ruidos, quejidos y golpes que rebotaban en el silencio de la madrugada. La enorme casa se oscurecía en cada rincón, los animales se desvanecían. No había ruido por unas horas, para después comenzar una secuencia de sonidos que iniciaba con golpes suaves a la pared, llanto ahogado, quejidos aislados y arrastre de objetos. Nadie se atrevía a caminar frente a la casa durante la noche. La alegría diurna se transformaba en una sombra que abrazaba la mansión. Algunos decían que la pareja mutaba de noche; otros opinaban que eran víctimas de espíritus que habitaban la casa; pero los más comentaban que simplemente era una casona rara y nada más. Tan pronto amanecía, la residencia volvía a la normalidad. Se podía ver a doña Gabriela dirigiendo la limpieza de la banqueta o del patio. Y a don Rómulo saliendo en carreta acompañado del caporal para hacerse cargo de las actividades propias de la hacienda.

De niño estuve siempre muy ligado a mi abuela Matilde, ella vivió de pequeñita en la casa. Una vez sentados en los arcos que dan al jardín de la casa, mi abuelita me contó la historia que a ella le relataron clandestinamente:
Era el viernes de una semana común, no había nada especial más que la imprevista visita del compadre Fulgencio presumiendo que duplicó la producción de caña. Rómulo se siente indispuesto, así que lo despacha amablemente. Regresa a la estancia sintiendo dolor de cabeza.
–Ya quería que se fuera. Me siento raro, como que traigo algo adentro del pecho.
–¡Saca lo que tengas! Tal vez quieres decir o hacer algo. –Le dice riendo su mujer.
–No sé, además creo que me va a dar el dolor de la gota. Me duele el empeine.
Se van a dormir. Apagan todas las velas a excepción de las veladoras del altar. La noche hace de la casa su franja más obscura. Tres cuervos vuelan sobre el techo y se posan cual gárgolas. El viento inicia un silbido que se acerca rápidamente para convertirse en un vibrar de ventanas y crujir de puertas. La lluvia aparece de golpe. Las ramas de los árboles danzan como brazos de gigantes queriéndolo alcanzar todo. Las tejas replican el cantar de las gotas de agua. La tormenta viene con relámpagos y viento que sacude las techumbres, ilumina la ciudad e invoca el aullar de los perros. La calle se convierte en un río de agua negra que desemboca en la barranca. Pasan horas de obscuridad torrencial que ahoga los ruidos cotidianos de la noche en la casa. Los primeros rayos aminoran la cantidad de agua, para dar paso a un amanecer húmedo y frío.
Rómulo abre la puerta al caporal y a la gente de servicio. Después se dirige al patio por la silla de montar y es ahí cuando hace el macabro hallazgo de su hijo; está colgado de un árbol junto a la capilla de la casa, desnudo… El hombre horrorizado corre a la casa por ayuda. Junto con el caporal bajan el cuerpo inerte del pequeño. Lo dejan tendido sobre el adoquín. El médico llega en quince minutos, solo para certificar la muerte del niño. La noticia se esparce por toda la colonia, por toda la ciudad. Lo velan en el patio. Al otro día, lo sepultan al fondo del jardín.
Es entonces cuando Rómulo transforma su rostro amable en uno sombrío y enfadado. En corto con la familia y amigos, dice que ha sido su mujer la infanticida. Desde entonces asegura que ha sido ella, nunca dice por qué, pero directa e indirectamente la incrimina. La pareja deja de hacer reuniones. Los sonidos en la casa han cambiado por las noches. Ya no se oyen golpes en las paredes, ahora son murmullos que crecen como si cientos de personas estuvieran en cada uno de los cuartos y abrazaran cada pared con sus lamentos al amanecer.

Una mañana antes de salir de la casa Gabriela rompe el silencio. Se planta frente a su marido, lo ve a los ojos y le espeta:
–¿Cómo sabemos que no fuiste tú? Tú lo encontraste ¿no? –Rómulo forma una alforza con el ceño sin contestar. Los dos rompen el contacto visual. Ella va a la catedral que le queda a un par de cuadras. Él va a la hacienda a dar órdenes y rondar sin sentido. La casa cae en la monotonía durante los días. En las noches los murmullos nocturnos se convierten ahora en un zumbido de voces agudas que parecen tener interminables discusiones sin sentido por siempre. Cada noche.
En la víspera del aniversario luctuoso del pequeño Jacinto, cuando la aurora teñía de rojo el patio y el sereno gritaba a su paso. La discusión de voces chillantes terminó con una carcajada lóbrega que emanó de la profundidad de las tinieblas. Para después caer en un pesado silencio de sepulcro, justo antes de amanecer…
Apenas invitan a veinte personas. Cayendo el atardecer realizan la misa en la capilla de la casa encabezada por el mismo Hipólito Vera, primer obispo de la Diócesis de Cuernavaca, el cual tiene amistad con la familia. La ceremonia transcurre dentro de la normalidad; al finalizar, el clima de la ciudad de la eterna primavera se torna de pronto húmedo, frío y con un viento que levanta polvo sobre los rostros. Las nubes negras amenazan con tormenta que, aunado a la poca hospitalidad de los anfitriones, hace que los presentes comiencen a retirarse. La casa se vacía en pocos minutos. El olor a humedad envuelve el ambiente. La lluvia aparece hasta convertirse en una tormenta eléctrica. Los empleados cierran las ventanas y puertas que son azotadas sin tregua; salen de prisa. La noche abraza con su manto la casona, el fuerte vendaval sacude al viejo ciruelo hasta quebrarle la rama más alta que cae sobre la capilla rompiendo la cruz de mármol. El zumbido de agudas voces inicia como un viseo en crecimiento, pasa por alaridos hasta convertirse en una masa amorfa de gritos, quejidos y lamentos… donde la ira y la sinrazón, hacen el conjuro de la insensatez.

Los cuervos comienzan a danzar sobre la casa, los buitres toman posición en los árboles, el tecolote aletea sin control, las serpientes se deslizan hacia el interior de la casa, una quimera atestigua desde el umbral del pasillo, decenas de chaneques saltan la barda obscura del enorme jardín, mientras el nahual en forma de coyote se adueña del techo de la casa. Es entonces cuando Rómulo con los ojos desorbitados e inyectados de rencor ataca a Gabriela, la toma de los cabellos mientras le grita: ¡maldita bruja! Ella clama desesperada. Logra zafarse, corre hasta la tumba de su hijo donde Rómulo la alcanza y con un golpe brutal de leño, le abre la cabeza… regresa a la casa por su revólver, se lo mete a la boca, y dispara.
Mi abuela Matilde me lo contó todo de niño, también me dijo que su mamá era inocente. Y yo así lo creo.
Desde que conocí la historia, la bisabuela Gabriela viene a visitarme. Gusta de sentarse a mi lado para ver lo que hago, leo o juego. Sólo sé que está porque siento su presencia. A mi lado… atrás de mí. Tiene forma de una cálida aparición que se percibe en la piel. Permanece unos instantes, pero nunca la puedo ver. Aprovecha cada uno de mis parpadeos para colocar su rostro muy cerca del mío. Trato de no parpadear. Si me estoy bañando evito cerrar los ojos cuando me enjabono la cabeza, los tengo siempre entreabiertos porque sé que su rostro… cuando viene, siempre está frente a mí. He sentido la tela de sus ropas rozar mi antebrazo… y el hálito que deposita sobre mi cabello. Al pasar deja un suave olor a cempasúchil y cera quemada; se percibe el sabor a noche fría. A veces escucho un suave lamento que se confunde con la voz del silencio en un lejano zumbido… ella está aquí. En este momento. La siento llegar.
Volteo a donde creo que está, pero ella se mueve demasiado rápido… está detrás de mí, … ahora a un lado. Giro a la izquierda, no hay nada… sé que está arriba, no…, ahora está bajo la mesa… la siento, pero no la puedo ver… ella se desvanece lentamente… se traslada… se aleja de mi… viaja…
De hecho, ahora, en este momento… aquí está, junto a ti, a tu lado. La sientes. ¡Voltea! Voltea a tu derecha, está cerca de tu hombro viendo lo que estás leyendo… trae un manto blanco… Ahora sientes su respiración en el cuello… está tan cerca de ti… viene con un pequeño gato que se acomoda a tus pies, ¿lo sientes? Ronronea, lo escuchas a lo lejos…
Ella pasa detrás de ti deslizando sus uñas por tu espalda… levita apenas unos centímetros para salir lentamente por la ventana… si tú volteas rápidamente, seguro la verás… si no, te esperará cuando entres al otro cuarto… o te mostrará su sonrisa cuando termines de leer esta línea… no se irá, hasta alcanzar un escalofrío tuyo, que le permita ir a descansar…
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