
Los fines de semana siempre llego antes de las siete a sustituir a Félix en la barra. Me quedo con los clientes nocturnos, los que vienen del trabajo y pasan a convivir con los parroquianos, conocidos y amigos de siempre. Rafa, el «amarillo», llega saludando con tranquilidad. Me pide su acostumbrada cerveza clara. Viene contento. A pregunta expresa de Gilberto, nos comenta que en el Complejo durante la jornada, un tipo estuvo muy triste, callado y pensativo. Distraído y cabizbajo. A la hora de la comida ya no aguantó, y estalló a llorar.
– ¿Qué tienes pues cabrón?
– Nada, no tengo nada.
– ¡Así responden las viejas, no inventes!
– Son cosas personales…
– Desahógate. Es mejor. ¿Qué pasó?
– La verdad me da vergüenza… pero… mi vieja me dejó, se fue a vivir con otro cabrón.
– ¡¿En serio?!
– Si… fue hace dos días…
– O sea que le gustan las casadas a ese güey. ¿Y sabes dónde vive?
– Pues en la colonia de junto… eso más me encabrona…
– Dime dónde es. ¡Dame la dirección!
– No güey, no tiene caso.
– ¡Te digo que me digas dónde es!
– No carnal, no quiero más problemas…
– ¡Qué problemas ni que nada! Le gustan las casadas ¿verdad? Voy a ir a buscarlo, pero para que se lleve a la mía…
– ….. eh!
-
Buen cuento.
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