Galicia 408

Llegamos en 1971 a la calle de Galicia en la colonia Postal —mi tío decía que era colonia Álamos y mi madre que era Narvarte—; el correo llegaba con cualquiera de las tres. En ese entonces la delegación Benito Juárez tenía un vertiginoso crecimiento. Es una época en donde los créditos de vivienda alcanzan para construir una casa mediana; la mayoría en esta zona de clase media, son de dos plantas. En nuestra cuadra sólo la casa de la Srita. Lucía es de una planta con un jardín lleno de flores y macetas de todos tamaños; la fachada está pintada de rosa con alegres vivos blancos y morados. Ella vive sola, ya es grande, siempre viste elegante. Va muy derechita cuando pasa caminando.

            Nuestra cuadra en Galicia hace esquina con Ahorro Postal, ahí se muda una familia con una niña linda que sólo me atrevo a observar de lejos; también va en primaria. Salgo de casa y la veo correr tras de su gato, acelero para cerrarle el paso, al verme el felino sorprendido se eriza amenazador con un gran chillido parándose arqueado sobre sus garras y todos los pelos de punta, me espanta y salto hacia atrás; el gato guarda la compostura, se da media vuelta y se deja cargar por su dueña; ella es amable, me da las gracias y me regala una amplia sonrisa. Suficiente para mí. Al otro extremo de la cuadra, la casa de la esquina en Estafetas tiene dos cortinas comerciales, rara vez están abiertas. Esto nos conviene porque el frente de la propiedad lo convertimos en zona de aparcamiento de nuestras bicicletas: unas viejas, otras remendadas y alguna nueva, pero somos como quince con bici. Dirigidos por los más grandes —tal vez de quince años—, recorremos nuestro barrio. Pasamos junto a la pastelería La Espiga —es un edificio de tres plantas—, huele riquísimo a pan recién hecho frente al parque de la Postal, entonces en remodelación para dejar de ser un terreno árido y feo, para convertirse en un parque de verdad, con juegos y zonas verdes arboladas. Pedaleamos hasta la calzada de Tlalpan para ver pasar el Metro con sus nueve vagones naranjas y sus setenta y dos puertas. Escuchamos el rugir de los autos —como en los setenta está permitido el escape abierto, algunos autos rugen, aunque son carcachas—. En casi todas las banquetas de la colonia hay árboles de nísperos. Nos subimos a cortarlos para disfrutar de su rico sabor acidulce o para llevar a casa. Pero no falta el vecino egoísta que nos corre, para ver en poco tiempo la fruta de los nísperos pudrirse en la banqueta.

            Por otro lado, nos toca una época de conciencia ecológica; los adultos nos regañan si con la resortera le tiramos a los pajaritos, o rompemos la rama de un árbol. Situación que rinde frutos, porque hoy se puede ver la colonia llena de árboles en las banquetas y en los pequeños jardines. Pero también somos testigos de la construcción de los Ejes Viales. Nuestra hermosa avenida Niño Perdido con su par de amplios carriles a cada lado del camellón lleno de enormes árboles, es transformada. Las ramas y troncos son derribados. Las protestas que organizan los adultos y jóvenes, de nada sirven. Las máquinas trabajan día y noche, desbaratan el camellón para dar forma a una enorme avenida de seis carriles de un solo sentido. Los kilómetros de la nueva avenida son acompañados de amplias banquetas, semáforos sincronizados, pintura amarilla y cientos de señalamientos viales. Ha nacido, el flamante Eje Central de la Ciudad de México.

            Las escondidillas, el bote pateado, las canicas, el yo-yo, el trompo y la bicicleta, son nuestros juegos. Juntando la calle de Galicia y la paralela Alicante, hacemos una palomilla como de veinte chavales, de nueve a quince años. Somos vecinos y en el mejor de los casos amigos. No dejan a las niñas que jueguen con nosotros, a excepción de la hermana de Abraham, que le pega más duro al balón de futbol que la mitad de nosotros.

            En enero la temperatura es de 16°C en promedio —en la madrugada y al anochecer, baja hasta los cinco grados la temperatura—; así que para salir a jugar a la calle es todo un ritual: playera, suéter, chamarra y si podías o tenías, gorro, bufanda y guantes. Corremos tras el balón y después de quince minutos, la ropa va quedando como parte del poste de la portería.

            —¡Ponte ese maldito suéter o te metes a la casa! —Grita una cariñosa madre desde la ventana. El aludido obedece en el acto, mientras el resto en solidaridad, espera para reiniciar el juego. La jefa es la jefa.

            El ogro en la cuadra es don Ruperto, sólo basta que la pelota ruede por el frente de su banqueta para que salga como demente por ella, corre de regreso a su casa, y la avienta sobre la reja después de hacerle un corte con una navaja. Lo detestamos. Un domingo temprano le cuento a mi padre que ya son tres pelotas las que nos poncha, y que una de ellas era mía. Se me queda mirando y dice: en la tarde lo vemos. Llega mi tío Alfonso con la familia. Los primos salimos a jugar. Los concuños platican sobre anécdotas familiares y laborales, mientras botanean rodajas de cebolla cocidas con limón y sal, salchichitas coctel, y beben brandy con cola. Después de tres copas mi padre nos dice que se integra con nosotros al futbol. A propósito, le tira a la puerta de don Ruperto, pero nunca le atina. A los diez minutos sale este de su casa y antes de subirse a la camioneta, mi padre chuta un tornillo espantoso que va a dar a los pies del susodicho. Se acerca con firmeza a él… algo le dice mientras se alisa el cabello… el otro se queda pasmado, titubea, y sube al automóvil. Jamás nos volvió a ponchar nada, y el prestigio de mi papá frente a la palomilla, se fue a las nubes.

            En tercer año mi mejor amigo es Jaime, jugamos de todo en el recreo; le cortan el cabello al estilo del Príncipe Valiente —historieta que publicaba el Excélsior los fines de semana—. En ocasiones, mi amigo me pide la tarea cuando entramos a la escuela. Cuando termina el ciclo escolar junto a mi adorada abuela—, recojo la boleta de calificaciones. Veo a Jaime caminando con su mamá de un lado para otro. Suben y bajan escaleras. A la hora, lo veo sentado sin moverse en una de las bancas de concreto junto a los enormes árboles que rodean el patio de la escuela.

            —¿Qué pasó, te dio la chiripiorca?

            —Pues, ¿qué crees?… la pinche maestra me reprobó, mi mamá está hablando con la directora.

            —¿Pero por qué?

            —Pues para ver si me pasa…

            —No, ¿por qué te reprobó?

            —No lo sé. —Acomodándose la boina, se levanta—. Voy a ver qué pasó.

            Lo sigo con la mirada. Cruza el enorme patio, sube los escalones del pequeño foro para desaparecer entre el edificio principal y el de las oficinas. Como alumno de nueve años, no te das cuenta que tu amigo no va bien en la escuela. Jamás lo volví a ver. La primaria Maestro Federico Álvarez, tiene tres grupos por cada grado, además del auditorio, un forito y grandes patios. Terminamos la primaria en 1976 oyendo a los Beatles, Creedence, César Costa, José José, Roberto Carlos, Lupita D´Alessio… Nos toca ver capítulos de estreno del Chavo del Ocho —para entonces sale del canal ocho, y por su éxito, pasa al canal dos—; de ahí se catapulta hasta convertirse en un ícono de Latinoamérica.

            Al regresar a casa, mi abuelita Pita (contracción de Guadalupe) me pide que vaya por las tortillas al mercado que está cerca. Comemos los cuatro. Gilberto que va en la primaria Presidente Miguel Alemán, Ulises de dos años, mi abuela y yo. Así como muchas de las fotos que conservamos de los años setenta, mis recuerdos son y permanecen, en blanco y negro.

Alfredo Peláez Estrada

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