–Me dan ganas de matarlo. Siempre sale con sus estúpidas burlas. Es un mamón… se hace el chistoso… siempre ha sido así… cada día me hace hervir más el buche… –Dice entre dientes Marcelo, mientras el atardecer de mayo pinta los campos de piña en el municipio de Isla. Los piñeros veracruzanos cosechan la fruta que levantan por miles de kilos al día, el mejor producto para exportación y el resto para el consumo nacional. Marcelo termina exhausto la faena. Deja en la bodega el enorme canasto. Toma pausadamente agua tibia del termo mientras observa el lejano horizonte del este, que separa armoniosamente el verde del azul.

Una camioneta recoge a los trabajadores para llevarlos a la ciudad. El trayecto es de una hora. Él desciende a la entrada de la ciudad para tomar un camino alterno para internarse en el campo hacia la casa que construyó el abuelo para su madre. Sus compañeros continúan el viaje organizando la salida en sábado de paga y fiesta popular.
–Si por lo menos pidiera una disculpa el cabrón, pero al contrario… más se burla y goza que los demás se rían de uno. Maldito Lorenzo… –Masculla mientras llega a la propiedad familiar escoltado por pequeños totoles.
Sabe que Lorenzo está tirado en la hamaca, después de “trabajar” en la casa, y que la abuela, Patricia y su pequeño hijo, fueron a la Expo feria de la piña en el centro de la ciudad. Regresarán hasta entrada la noche. Lorenzo aparece y le grita desde la puerta:
–Órale pinche Marcelo, no arrastres las patas, pareces un viejo shoto cansado.
–¡Cállate huevón! No te cansas porque no ayudas en nada en la casa…
–No soy huevón, lo que pasa es que tú tienes la mano chiquita. –Lorenzo ríe a carcajadas–. Por cierto, tomé de tu cajón doscientos pesos, te los pago el 30 de febrero.
–No tienes madre. ¿Y los quinientos del mes pasado? –Este lo ignora mientras se acomoda el sombrero para decir:
–Vino Silvina a buscarte, te trajo unos tamales de elote. Se ve que le gustas. Pero como se podían enfriar; pues me los comí. Guisa bien la chamaca. Por cierto, que sabrosos chamorros tiene. Yo creo que te la voy a bajar, ella necesita un hombre de verdad. ¿Cómo ves?
–¿Qué mujer te puede querer si eres un mantenido?
–Para eso están ustedes, que cuidan del más guapo y simpático de la familia. Así es la vida Marcelo. Unos nacimos con estrella, otros nacieron estrellados, como tú. Jodido y pendejo. –Regresa a la casa. Marcelo entra despacio tras de él. Acomoda su material de trabajo. En silencio, camina hacia el fogón para servirse el guisado hecho por la abuela. Come con la mirada fija en la lumbre.
–Pensé que con la muerte de mamá ibas a cambiar, ella…
–Ni me recuerdes. Se muere y solo nos deja una pinche vaca…
–¡Cállate maldito perro!, eres una cagada…
–¿Vas a llorar como la última vez que te dije la verdad? –Dice Lorenzo regodeándose.
Marcelo se levanta, tira los residuos en la bolsa para la basura, lava lo que ocupó, tapa las tortillas, y sale lentamente de la casa.
–Estás bueno para chacha. Solicitan una en ciudad Alemán, ¿les digo que estás disponible?

Se detiene a mitad del patio comprobando que la vaca esté en su lugar; anochece, el gallo y las gallinas se van preparando para dormir, la familia guajolota se va al fondo junto a los árboles grandes; el patio impecable: Podemos ser pobres pero la casa y el patio, siempre limpios, decía su madre. Suspira profundamente. Observa el viejo pozo seco; la pequeña milpa junto a la casa. Con nostalgia se ve a sí mismo jugando con Paty -la mayor-, y el pequeño Lorenzo; ahí nacieron los tres. Se dirige al cobertizo de las herramientas arrastrando penosamente los pies, levanta polvo como queriendo se convirtiera en la fuerza que lo contuviera. Observa el machete; la vieja hacha; para tomar el bate que era de su padre. Cierra despacio. Atraviesa el patio con parsimonia. Entra a la casa y atranca la puerta para que no cierre. Lorenzo de pie escucha la radio, mientras se sirve agua; lo voltea a ver, y le dice con sorna:
–¿Qué onda mi beisbolista maleta, vas a jugar?, te puedo prestar las bolas. –Lo mira de arriba abajo y le da la espalda con desprecio.
Marcelo siente un líquido amargo que le sube por la garganta. Escupe con rabia al piso de tierra. Estira los brazos tomando el bate con las dos manos. Lorenzo ingenuo tararea burlón -truena un relámpago alumbrando el patio-. Marcelo se precipita con cólera hacia él, le coloca el bate en el cuello y lo jala con fuerza contra su pecho -cruza una ráfaga de viento fría la habitación-. Lorenzo se revuelve tratando de zafarse -cae al piso con estruendo la jarra de vidrio-, pero su atacante le gana en peso y estatura. Marcelo sigue apretando mientras lo jala con violencia hacia la puerta -tira todo lo que toca su espalda-. Lorenzo manotea queriendo agarrar algo. Siente que los ojos se le desorbitan, la falta de oxígeno lo hace patalear desesperado -la mesa cae, la radio calla-. Ya en el patio, Marcelo no deja de presionar -el gallo canta una y otra vez-. Ahora aprieta con más fuerza, no le importan los gemidos de su hermano -las gallinas salen corriendo de un lado a otro-. Lorenzo le clava las uñas en los antebrazos -la vaca materna es indiferente testigo de los hechos-, de nada sirve, Marcelo sigue apretando. El cuerpo de su víctima va perdiendo resistencia, poco a poco… hasta que deja de moverse. Pero él sigue comprimiendo unos segundos más, quiere estar seguro…

Marcelo cae de espaldas -la noche pinta de grises la escena-. El corazón le late desaforado. La sangre le corre ardiente -a lo lejos ladran los perros-. Resopla agitado… cierra los ojos por un instante. Se incorpora y sin dudar, lo toma del pie para arrastrarlo a lo largo de veinte metros -las aves inquietas se acercan-. Quita la pesada tapa del viejo pozo. Levanta el cuerpo para arrojarlo al fondo -una brisa polvorienta mueve la camisa de Marcelo-. Apenas distingue la silueta sin vida. Con la manga se seca el sudor espeso que recorre su frente -revolotean zanates buscando espacio en los árboles-. Camina despacio. Como lo pensó muchas veces, saca la carretilla y la pala -un garrobo lo observa desde el techo del cobertizo-. Va al fondo de la propiedad, primero por tierra y lodo, después por piedras y escombro. Hace el viaje varias veces, hasta llenar el pozo para darle forma a la sepultura clandestina -los cuetes resuenan en el aire limpio de ciudad Isla-. Sin dejo de remordimiento, coloca la tapa del pozo. Regresa a la casa. Levanta las cosas tiradas, acomoda las mal colocadas, barre -todas las aves regresan a dormir-. En el patio, empareja la tierra surcada por la espalda de Lorenzo. No hay sangre -el rumiante color dálmata se espanta las moscas con la cola-. Ve el sombrero ya sin dueño, lo levanta e incinera en el fogón, cortando pedazos pequeños-. Toma de golpe dos vasos de agua.
–¡Tenía ganas de matarlo! –Exclama, mientras guarda la carretilla, la pala y el bate después de limpiarlos. Sus familiares regresarán ya entrada la noche. Todos saben que durante las festividades de la Expo feria de la piña, Lorenzo acostumbra irse sin avisar y volver dos o tres días después. Los vecinos saben que el pozo tiene diez años seco; siempre han opinado que es necesario rellenarlo para evitar un accidente. La expo en la ciudad crece festiva. Marcelo entra a la casa, toma un baño. Escucha los lejanos truenos. Sorbe el café negro con canela observando la única foto de sus padres. Comienza una ligera llovizna. Se acuesta en la hamaca, gira un par de veces. La luna apenas alumbra; el petricor invade la casa. Marcelo se queda profundamente dormido, sin bromas por esperar.

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